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viernes, 9 de noviembre de 2012

¿Quién dijo que ya no escribía?


Me recriminan que hace tiempo que no escribo, y algo de razón llevan. Pero sólo algo. Todo depende de cuán purista o abstracto sea uno con su definición de escritura. Una cosa es que no plasme mis peroratas en papel, y otra muy distinta, que haya dejado de firmar historias. Escribir, escribo, y con bastante frecuencia. Si dijera que lo hago cada día no andaría tan alejada de la realidad.

A menudo escribo cuando voy en bici, aunque la física del momento me haga inclinarme por no compartir las líneas con otra persona más que conmigo misma. Otras veces, mientras bajo o subo las escaleras del metro, o al tiempo que me abro camino por la calle entre los cientos de congéneres que no me dejan sola a sol ni a sombra. Suelen ser observaciones que me llevan a fantasear y a querer dar a conocer mis fantasías a los demás. Y aunque, como he dicho, al final acabe por quedármelas para mí, mis historias suelen tener un comienzo y un desarrollo, e incluso líneas que voy reestructurando, y otras que van quedando fuera del borrador. A veces pienso que, si mis pensamientos fueran dejando rastro a mi paso y cualquiera pudiera leerlos e interpretarlos a su manera, más de uno determinaría que me he vuelto loca. Desgraciadamente, el final de mis relatos suele verse interrumpido como un sueño que se queda a medias por el sonido de la alarma del despertador, y es lo que muchas veces me disuade de dejarlas por escrito.

Sin ir más lejos, hoy "escribía" sobre si sería posible reconocer un determinado recorrido por la ciudad basándose en la secuencia de olores que uno percibe. Lo hacía en Wusi Dajie, a la altura de un establecimiento de medicina tradicional china, cuyo olor a moxa no creo poder diferenciar del que desprendía a diario el hospital de Ande Lu, que como este, también me dejaba saber que no andaba muy lejos de casa. Y como mis trayectos en bici varían cada día al antojo de los semáforos que se abren a mi paso, desarrollando ese pensamiento sobre recorridos olfativos he llegado a casa, y con ello mi teoría ha tocado a su fin. Y parece que este par de párrafos también se quedarán aquí. Como ejercicio, no ha estado mal.

jueves, 27 de octubre de 2011

Olores que hablan

Olor a papel quemado, a madera fresca, a tierra recién escarbada, y a carbón cuando los demás olores se desvanecen. Este último ha sido el primer olor al abrir la ventana esta mañana, y el que me ha acompañado antes de encerrarme en casa por la tarde.
Salgo del metro y camino con rapidez hacia casa. El aire en días como hoy se hace irrespirable, y aún así alcanzo a distinguir olores que hacen de esos cinco minutos un paseo por los sentidos, y un limitado resumen costumbrista de la ciudad en la que vivo.
Alguien realiza una ofrenda a un lado de la calle, posiblemente a algún ancestro, o no tan ancestro: papel quemado.
Hace no más de dos semanas que una pequeña casa se encuentra en construcción en el hutong entre Wudaoying y Yongkang. Los marcos de la puerta y la ventana ya están montados pero aún sin pintar: madera fresca.
Cuando el invierno acecha, la ciudad se deshace de su verdor. Sin esperar a que las temperaturas acaben con la vida de cuanto puebla los parterres, los arbustos se cubren, y el césped se desplanta: tierra recién escarbada.
Como he dicho, el otoño ha pasado a mejor vida y el calor se hace querer: carbón.

domingo, 1 de mayo de 2011

Cristina… Chūnlán… Gé Lì

Cuando tienes nombre de aire acondicionado, cualquier encuentro casual deriva en situación cómica en menos tiempo del esperado.

Para los que aún no me conocéis, para los que acabáis de hacerlo, o para los que me habéis conocido antes de mi paso por BeiDa, me llamo Cristina, o Chūnlán (春兰), como os resulte más fácil. Probablemente, la barrera idiomática y cultural hará que los dos primeros grupos os quedéis indiferentes, o como mucho, intrigados. Al tercero, el de aquellos que me apreciáis lo suficiente como para estar leyendo esto, quizá os parezca que me he vuelto idiota. Pero aún habrá un cuarto grupo de personas que, con el suficiente conocimiento de China, o incluso de manera más genérica, de Asia, tome con total naturalidad mi dualidad onomástica.

No hace ni medio año que interrogaba a Fenghua, mi compañera de trabajo, sobre cuándo había adoptado el nombre de Joyce, y lo que es aún más importante, sobre cuánto tiempo había tardado en sentirse identificada con él. Ante su respuesta -cinco meses- mi gesto se tornó en estupefacción.

Pero si hoy me encuentro aquí, explicando esta historia, es porque parece ser que con sigilo, y sin dejar de ser Cristina, Chūnlán se ha hecho su huequito en mí. Y ya tiene mérito el asunto, considerando las improvisadas circunstancias en las que fui bautizada.
1 de Septiembre de 2010, día de matrícula en BeiDa, lo que yo conocía hasta el momento como Peking University, o PKU en su defecto. Edificio Shaoyuan 2. Carpeta en mano con todos los documentos necesarios para formalizar mi inscripción: pasaporte, carta de admisión, formulario jw 202 original, seis fotos de tamaño carné, contrato de seguro de vida, certificado de registro de alojamiento en China, y examen médico de la cabeza a los pies incluyendo placa torácica. Quién me iba a decir a mí que con semejante preparación me estaba dejando lo más importante: ¡mi nombre chino! Y como no tenía uno, y la inscripción no parecía ser posible sin él, la responsabilidad recayó sobre la persona que se estaba encargando de mi papeleo que, entre risas mías y prisas suyas, me designó como “orquídea de primavera”.

La Cymbidium goeringii es una orquídea pequeña, epífita o litófita, que prefiere un clima fresco a frío. Originaria de la región del Himalaya, ha sido la especie favorita de la cultura china durante siglos. Debió de ser por ello por lo que en 1985, al adquirir una empresa con intención de expandirla hacia el mercado del aire acondicionado, Tao Jianxing decidió concederle los honores de dotarla con el simbolismo que Chūnlán connota. Ni que decir tiene que yo no fui informada de esta última parte en mi apresurado nombramiento. Hoy creo comprender que las risas que me provocó lo absurdo de la situación debieron antojársele a mi bautista cual soplo de aire fresco, y de ahí mi nombre.

En estos meses, Chūnlán ha suscitado todo tipo de reacciones, comenzando en general por lo altisonante o anticuado del nombre, para acabar con el aire acondicionado. Pero hace solo un par de días, en mi primer encuentro con el dueño de un café recién abierto, algo nuevo e inesperado. ¿Qué te llamas Chunlan? ¡Pues nuestro aire acondicionado es de marca Gé Lì! Quizá yo te pueda llamar así… jajaja…

Una semana después, y tras tres visitas al citado café, puedo decir que no sólo he adoptado nombre chino, sino que ya, ¡incluso apodo!


sábado, 10 de julio de 2010

Básicos pekineses

- ¿Dónde estáis?

- En la puerta de la universidad.

- Pero, ¿en cuál? La universidad probablemente tiene como mínimo cuatro puertas.

- Pues no lo sé...

- ¿Norte, sur, este u oeste? ¡Se me acaba el saldo del móvil!

- Ni idea, Cris. ¿Cómo voy a saberlo?

- ¿Es la entrada principal?

- Creo que sí. Hay una verja corredera, que controlan un par de chinos vestidos de militar que están a lado y lado.

- Jajaja. ¿Algún dato revelador más?

- Pues… hay una valla azul. ¡Ah! ¡Y una pasarela! ¡Y en la puerta hay un reloj!

… pi, pi, pi…

Estoy segura de que a muchos no les parecerá particularmente especial esta conversación. No lo suficiente, al menos, como para escribir sobre ella. Además, ¿cómo puedo pretender recibir datos más concretos de mi pobre amigo, recién aterrizado y sin conocimiento alguno de la ciudad o la universidad?

Sin embargo, cualquiera que haya pasado un cierto periodo de tiempo en Pekín, apreciará, sonrisa en cara, la inutilidad de las indicaciones que recibí en ese intenso minuto de conversación.

Empecemos por el lugar que nos concernía: la puerta de la universidad. En China, todo es grande, y las universidades no son menos. En cualquier caso, ¡son más! Si un recinto universitario tiene del orden de un kilómetro de punta a punta, es de esperar que tenga más de una puerta. Lo contrario sería una ratonera. ¿Y cómo saber si estás en la entrada principal? Cómo decirlo… Hay cosas que se saben. La sutileza china no suele dejar lugar a dudas; y si estás en la puerta principal, LO SABES. Ya sea por la abrumadora simetría que se despliega ante ti, el grandioso eje central ajardinado de horizonte difuso, o las moles de edificios que flanquean el mismo, sea la estatua de bronce que preside el lugar, o las banderas que lo institucionalizan… Sea lo que sea, hay algo que te hace sospechar que esa, y no otra, es la entrada principal. Así que, si nada de eso se descubre ante ti, esa, sin lugar a dudas, es una entrada secundaria.

Una vez aclarado el por qué de mi desconcierto en la definición de la entrada, continuemos con el análisis de la conversación.

Hay ciudades en las que es más fácil orientarse que en otras. Las hay que tienen claros referentes, como son mar y montaña en el caso de Barcelona, y otras que, asentadas en el medio de la nada, utilizan referentes universales: los llamados puntos cardinales. Pekín es una de ellas. Y si en una ciudad es fácil orientarse, esa es Pekín. Una ciudad de horizonte inabarcable en la llanura, y en la que contadas avenidas se desvían de los ejes norte-sur, este-oeste, lo pone difícil para perder el rumbo. Y por si el sol -o su borroso resplandor- no fueran suficientes, raro es el lugar en el que no se indique la dirección en la que uno está situado. Desde lo más básico, como son las grandes avenidas o las salidas de metro, hasta los pasillos de un hospital, pasando por las mesas de mahjong, todo en Pekín lleva las marcas de norte, sur, este y oeste. ¡Todo!

Pero continuemos. Lo de la verja corredera con militar a lado y lado, es algo así como no decir nada. Edificios gubernamentales, colegios, complejos de apartamentos, y cualquier otro recinto vallado disponen de la susodicha valla y sus correspondientes peleles destinados a la vigilancia del mismo.

¡Y qué decir de la valla azul! Si existe un “kit básico” en los lugares en construcción en Pekín, ese –y el amarillo de los cascos de los obreros- son los colores de referencia. Un azul ligeramente más cálido que el de la Alta Velocidad en España delimita pequeños solares o abraza infinitos recintos en incontables puntos de la ciudad. Y todos ellos tienen un denominador común: se encuentran en obras. Y como capital de un país en construcción, Pekín es una ciudad en obras.

Por último, la pasarela, sustituto impune del paso de cebra en la ciudad, elemento de incomodidad, y provocador de pereza y juramentos en hebreo. La pasarela en Pekín es un referente... ¡nulo! Parece como si el estatus de una calle y el número de pasarelas fueran en correspondencia, para evidente frustración del peatón.

Y el reloj… ¡Qué decir del reloj! El reloj es lo que debería de haber tenido yo a mano para haber evitado soltar semejante perorata. Mis disculpas.



martes, 29 de junio de 2010

De oca loca y foto porque me toca

En Corea se ven perros en la calle… aunque de vez en cuando caigan al plato.

En Pekín son patos los que suelen frecuentar las cocinas… lo cual no deja para que haya quien saque a su oca a tomar la fresca en una agradable noche de verano.

Paradojas de la vida.

lunes, 19 de abril de 2010

El cielo sobre Pekín

El Diario de Anna Frank... Estambul, de Orhan Pamuk... The natural economist...
Sin que nada lo hiciera presagiar, este último se unió al trágico destino de los primeros y entró a formar parte de mi lista negra, cuando lo dejé olvidado en el avión que me llevó a Palma de Mallorca el pasado verano.
Hoy me encuentro en la tesitura de continuar con The Road, de Cormac McCarthy, o grabarlo a fuego al final de mi oscura lista. Los sondeos lo sitúan con un dos a uno a favor, siendo esa una la que suscribe.
A decir verdad, no creo ser yo la que esté en contra del libro, sino el cielo el que está en contra de nosotros dos. Ese cielo que durante los últimos tres días ha difuminado la línea entre realidad y ficción. Ese cielo gris que, a mi salida del metro, me ha obligado a levantar la vista para asegurarme de que había emergido del subsuelo. Ese cielo gris que, con su frialdad inesperada y sus anocheceres tempranos, nos ha hecho regresar a los días inhóspitos de invierno. Ese cielo al alcance de la mano que, en días como hoy, nos priva de perspectiva y oculta el horizonte. Ese cielo que, en cuanto nos abandone, será el detonante de una explosión de felicidad.
Y llegados a la página cien, digo yo que quizá debería seguir el ejemplo de los protagonistas, retomar el camino, y darle una segunda oportunidad al libro, ¿no? Quizá lo haga.

domingo, 11 de abril de 2010

A golpe de mazo


El Pekín hasta ahora conocido tiene fecha de caducidad. Hordas de obreros se hacen con las calles cada noche para demoler a golpe de mazo paredes que hablan y cuentan historias.
En este contexto, cualquier imagen puede convertirse en histórica de la noche a la mañana. Así es como una inocente captura de tres años atrás documenta el "resurgir" de una calle "histórica", cual ave fénix de sus cenizas. Tristemente en este caso, dejando más cenizas a su paso que las que pretendía regenerar.

Donde ponen el ojo, ponen el diente. Y al tiempo que esos nuevos "centros históricos" caen en una espiral de decadencia, la historia de muros indefensos es arrasada si piedad por las mismas manos, a la espera de una nueva y gloriosa reconversión.

sábado, 20 de febrero de 2010

¡Bienvenida, locura! ¡Adelante, improvisación!

Tradicionalmente, en toda evacuación se ha empezado por desplazar a mujeres y niños. Si en previsión de la que se arma en la víspera de Año Nuevo Lunar en Pekín se hubiera decidido evacuar la ciudad, sin duda, lo más lógico habría sido empezar por los de corazón delicado.

¡Pim, pam, pum! No; no se trata del palomitero de nuevo. Ahora es cosa de tradición y se trata de ahuyentar a la bestia Nián. ¡Pam, paaaaam, paaarrrrraaaappaapaaamm! ¡Ratatatatatttattttattttatttttaaaa! Esta vez los sonidos son más fuertes, retumban por cada esquina, y no paran en todo el día... ni durante la noche.
Tras las explosiones, acuden raudos a unirse al recital otros miembros de la orquesta, como alarmas de coches sensibles y llantos inconsolables de bebés. No diré que el panorama es el de una ciudad en guerra, pero desde luego, sí que es algo único. Cualquier lugar es bueno para desplegar el arsenal de artillería. Y cuanto más abierto, ¡mejor! ¿Y qué significa eso? Pues que la calzada de las calles se convierte en un escenario incomparable; pero ni mucho menos conlleva ello corte de tráfico alguno. ¡Bienvenida, locura! ¡Adelante, improvisación!
Y al ya caótico estado de la ciudad se unen los gritos y señales de aviso de peatones a conductores, desprevenidos estos a veces de que su trayectoria entra en conflicto con la de la pirotecnia que se despliega ante sus narices.
Nade de aglomeraciones; la fiesta invade cada recodo de la ciudad. Así que, señores, acomódense en sus sofás ¡y disfruten del espectáculo!


sábado, 13 de febrero de 2010

Bienvenidos a Pekin



Al principio no lo pillé; pensé que se trataba de un simple error de traducción. Y continué andando bajo las banderolas que me daban la bienvenida en diferentes idiomas: “Welcome my friends!”, “Добро пожаловать!”, “Soyez les bienvenus!”, “Herzlich willkommen der Freunden!”, etc. Extraña forma también, la de estos chinos, de saludar a los alemanes. Y en mi cabeza, entre ecos de mi propia risa, seguía resonando “¡Calurosos Bienvenidos!”.
No fue hasta llegar al andén del metro que pude llegar a comprenderlo. ¡No se trataba de un error, ni mucho menos! Esperando a diez grados bajo cero, capté la ironía del mensaje. Fueron esos minutos de espera los que me llevaron a concluir que, en cuanto el verano haga acto de presencia, el cartelito en cuestión será sustituido por el de “¡Frioleros Bienvenidos!”. No sin poca razón. No me cabe la menor duda. Solamente hay una cosa a la que sigo dando vueltas: ¿Les habrá comentado alguien que una coma entre “calurosos” y “bienvenidos” no estaría de más?

domingo, 29 de noviembre de 2009

A tientas

“- Creo que deberíamos de pagar la electricidad.
- ¿Ah si?, ¿y eso?
- Bueno, nuestro contador es el único que está parpadeando, y además los números que aparecen en los contadores de los vecinos son mucho más altos que los nuestros. Digo yo que algo tendrá que ver, ¿no?
- Ahhh… Pues sí, tiene pinta.
- Mañana bajaré a pagar.
- Bueno, o bajo yo.”

… y ahí quedó la cosa.

Dos días más tarde, en mitad de la cena con nuestro primer invitado en casa… ¡puf! Sin previo aviso, nos quedamos a oscuras. Y como ya es de noche y los bancos están cerrados, pues cenita a la luz de las velas y… mañana se verá.

Aunque no sea cuestión del día a día, cosas como estas ocurren en China. La luz, la de nuestra casa, se paga por adelantado. ¿Y por qué la luz, sí; y el gas y el agua, no? ¿Ah?... misterio…

Tres meses, cuatro hogares, cinco mudanzas, otra más de despacho, y ni una respuesta satisfactoria de chino alguno o extranjero. Y lo que es más, el que en nuestra casa el sistema de pago sea así no significa que sea así para todos. No creo andar muy desencaminada si afirmo que las posibles combinaciones son infinitas. Desde tener que pagar todo a posteriori, hasta que cada servicio (separando el agua caliente de la fría, para más inri) vaya asociado a una tarjeta de pago por adelantado, hay todo un abanico de posibilidades.

Y así es como, rodeada de niebla -literal y figurada-, se desarrolla mi día a día en China; envuelta en interrogantes de todo tipo.

jueves, 1 de octubre de 2009

60 aniversario, primer día festivo

Como buen día festivo, hoy el desayuno ha sido largo, abundante, y pausado; seguido, por supuesto, de un considerable rato de remoloneo en el sofá en torno a la tele. Después, mientras lavaba los platos en la cocina, he mirado por la ventana para no ver nada. Ni una persona. Ni una bici. Ni un coche. Ni el más mínimo movimiento en la calle: el clásico “efecto domingo”. Todo estaría encuadrado en la más absoluta normalidad de no ser por el hecho de que me encuentro en Pekín. Aquí no hay días de calma, los comercios no cierran, y la gente no se queda en casa no haciendo nada. Pero hoy no es un día cualquiera. No aquí.

Tumbada en la cama, mientras me debatía entre continuar con mis dulces sueños o dar comienzo a un nuevo día, el sonido de una marcha militar ha perturbado el silencio de mi mañana. Definitivamente era el momento de saltar de la cama.

Durante semanas, y con más intensidad en estos últimos días, la ciudad se ha ido preparando para el gran día. Banderas rojas han ido aflorando en las grandes avenidas, para ir haciéndose después incluso con los rincones más recónditos de los laberínticos hutongs. También farolillos de colores y alfombras florales han ido paulatinamente haciendo acto de presencia en la ciudad, del mismo modo que lo han hecho policías, militares, y medidas de control. Y hoy, por fin, es el gran día. O lo ha sido. No lo tengo muy claro.

Para los chinos el día de hoy parece haber sido un momento histórico; y es curioso cómo estando aquí, eres totalmente partícipe a su manera. Hoy se celebra el 60 aniversario de la República Popular China, y como buena residente en Pekín, a escasos metros del meollo del asunto, lo he celebrado desde casa; frente a la tele. No es que el comunismo me haya privado de mi innata curiosidad, no; sino que no estaba autorizada a ver el desfile en vivo y en directo. Ni yo ni los varios millones de pekineses que junto a mí pueblan la ciudad, por no hablar ya del resto de millones de chinos que con emoción contenida y orgullo no se habrán perdido detalle de la retransmisión oficial. Retransmisión anacrónica de un desfile anacrónico con tintes caricaturescos, dicho sea de paso. Aún no salgo de mi asombro de cómo en un mismo desfile han cabido el presidente Hu Jintao en un estatismo absoluto, las fuerzas militares en perfecta sincronización, ¡y carrozas de temática autocomplaciente y de vivos colores al más puro estilo fallero! Todo eso bajo el atento escrutinio de sexagenarios camaradas del partido, trajeados y con corbatas de tonos rojos, totalmente acordes con la temática del día.

Minutos después de terminar el desfile he vuelto a la cocina y he mirado por la misma ventana de antes. Han sido los minutos necesarios para dar tiempo a la gente a retomar sus vidas y salir a la calle. Las pistas de tenis de la universidad de Tsinghua también vuelven a estar abiertas al público. El sonido de los coches y el rechinar de las bicis vuelven a inundar las calles. Quizá el metro y el aeropuerto hayan retomado también su actividad, y la ciudad haya salido del bloqueo en el que ha estado inmersa estos últimos días.

¿Hacía falta semejante despliegue de medios para que los chinos vivieran “su primer domingo”? Sea como fuere, no creo que este hecho haya tenido la menor relevancia para ellos, pero para mí ha sido el silencio y no otra cosa lo más significativo del día de hoy.

martes, 22 de septiembre de 2009

Flamenquillo fusión

Dos amigas y un agente inmobiliario se encuentran hablando en el rellano frente al ascensor de una casa. Al unísono y sin mediar palabra entre ellos, los tres golpean el suelo con sus respectivos pies, cual si del inicio de un zapateado se tratara.

Opción A: Se trata de una señal de enfado en plena discusión por los precios del alquiler.
Opción B: Están echando a suertes quién baja por las escaleras y quién por el ascensor.
Opción C: Ninguna de las anteriores.

Efectivamente, para los menos avispados, ninguna de las anteriores es la opción correcta.

En China, o mejor dicho, en Pekín, ya que no tengo certeza de que esta broma de mal gusto haya sido extendida por todo el territorio, no se estilan los sensores de movimiento para el encendido automático de luces. En su lugar existen ¡sensores de sonido! ¡Sí señor! El golpe de la puerta de entrada al portal al cerrarse te evita el primer zapatazo, pero no hay elemento natural o sobrenatural que evite los subsiguientes en la subida por las escaleras. Cada rellano requiere un nuevo pisotón. Algunos, incluso varios, ya que parece que no siempre están finos de oído los sensores en cuestión. Cada llegada en la noche a casa se convierte así en una nueva melodía, variando tiempos y tonos según la complexión del intérprete, su conocimiento de la escalera, y el piso al que se dirija.

Sin duda, en cuanto pertenezca definitivamente a una comunidad, propondré a mis vecinos el ir apuntando en partituras las interpretaciones individuales de cada noche, y ponerlas en común cada cierto tiempo para interpretar los zapateaos del portal 4. Ya me estoy imaginando el tablao flamenco en medio del xiaoqu con el evento anunciado a los cuatro vientos: ¡concurso anual de zapateaos! Estoy segura de que con la suficiente práctica, nos haríamos con el triunfo a nivel del distrito de Dongcheng, o del que fuera.