viernes, 9 de noviembre de 2012
¿Quién dijo que ya no escribía?
jueves, 27 de octubre de 2011
Olores que hablan
domingo, 1 de mayo de 2011
Cristina… Chūnlán… Gé Lì
Para los que aún no me conocéis, para los que acabáis de hacerlo, o para los que me habéis conocido antes de mi paso por BeiDa, me llamo Cristina, o Chūnlán (春兰), como os resulte más fácil. Probablemente, la barrera idiomática y cultural hará que los dos primeros grupos os quedéis indiferentes, o como mucho, intrigados. Al tercero, el de aquellos que me apreciáis lo suficiente como para estar leyendo esto, quizá os parezca que me he vuelto idiota. Pero aún habrá un cuarto grupo de personas que, con el suficiente conocimiento de China, o incluso de manera más genérica, de Asia, tome con total naturalidad mi dualidad onomástica.
No hace ni medio año que interrogaba a Fenghua, mi compañera de trabajo, sobre cuándo había adoptado el nombre de Joyce, y lo que es aún más importante, sobre cuánto tiempo había tardado en sentirse identificada con él. Ante su respuesta -cinco meses- mi gesto se tornó en estupefacción.
Pero si hoy me encuentro aquí, explicando esta historia, es porque parece ser que con sigilo, y sin dejar de ser Cristina, Chūnlán se ha hecho su huequito en mí. Y ya tiene mérito el asunto, considerando las improvisadas circunstancias en las que fui bautizada.
1 de Septiembre de 2010, día de matrícula en BeiDa, lo que yo conocía hasta el momento como Peking University, o PKU en su defecto. Edificio Shaoyuan 2. Carpeta en mano con todos los documentos necesarios para formalizar mi inscripción: pasaporte, carta de admisión, formulario jw 202 original, seis fotos de tamaño carné, contrato de seguro de vida, certificado de registro de alojamiento en China, y examen médico de la cabeza a los pies incluyendo placa torácica. Quién me iba a decir a mí que con semejante preparación me estaba dejando lo más importante: ¡mi nombre chino! Y como no tenía uno, y la inscripción no parecía ser posible sin él, la responsabilidad recayó sobre la persona que se estaba encargando de mi papeleo que, entre risas mías y prisas suyas, me designó como “orquídea de primavera”.
La Cymbidium goeringii es una orquídea pequeña, epífita o litófita, que prefiere un clima fresco a frío. Originaria de la región del Himalaya, ha sido la especie favorita de la cultura china durante siglos. Debió de ser por ello por lo que en 1985, al adquirir una empresa con intención de expandirla hacia el mercado del aire acondicionado, Tao Jianxing decidió concederle los honores de dotarla con el simbolismo que Chūnlán connota. Ni que decir tiene que yo no fui informada de esta última parte en mi apresurado nombramiento. Hoy creo comprender que las risas que me provocó lo absurdo de la situación debieron antojársele a mi bautista cual soplo de aire fresco, y de ahí mi nombre.
En estos meses, Chūnlán ha suscitado todo tipo de reacciones, comenzando en general por lo altisonante o anticuado del nombre, para acabar con el aire acondicionado. Pero hace solo un par de días, en mi primer encuentro con el dueño de un café recién abierto, algo nuevo e inesperado. ¿Qué te llamas Chunlan? ¡Pues nuestro aire acondicionado es de marca Gé Lì! Quizá yo te pueda llamar así… jajaja…
Una semana después, y tras tres visitas al citado café, puedo decir que no sólo he adoptado nombre chino, sino que ya, ¡incluso apodo!
sábado, 10 de julio de 2010
Básicos pekineses
- ¿Dónde estáis?
- En la puerta de la universidad.
- Pero, ¿en cuál? La universidad probablemente tiene como mínimo cuatro puertas.
- Pues no lo sé...
- ¿Norte, sur, este u oeste? ¡Se me acaba el saldo del móvil!
- Ni idea, Cris. ¿Cómo voy a saberlo?
- ¿Es la entrada principal?
- Creo que sí. Hay una verja corredera, que controlan un par de chinos vestidos de militar que están a lado y lado.
- Jajaja. ¿Algún dato revelador más?
- Pues… hay una valla azul. ¡Ah! ¡Y una pasarela! ¡Y en la puerta hay un reloj!
… pi, pi, pi…
Estoy segura de que a muchos no les parecerá particularmente especial esta conversación. No lo suficiente, al menos, como para escribir sobre ella. Además, ¿cómo puedo pretender recibir datos más concretos de mi pobre amigo, recién aterrizado y sin conocimiento alguno de la ciudad o la universidad?
Sin embargo, cualquiera que haya pasado un cierto periodo de tiempo en Pekín, apreciará, sonrisa en cara, la inutilidad de las indicaciones que recibí en ese intenso minuto de conversación.
Empecemos por el lugar que nos concernía: la puerta de la universidad. En China, todo es grande, y las universidades no son menos. En cualquier caso, ¡son más! Si un recinto universitario tiene del orden de un kilómetro de punta a punta, es de esperar que tenga más de una puerta. Lo contrario sería una ratonera. ¿Y cómo saber si estás en la entrada principal? Cómo decirlo… Hay cosas que se saben. La sutileza china no suele dejar lugar a dudas; y si estás en la puerta principal, LO SABES. Ya sea por la abrumadora simetría que se despliega ante ti, el grandioso eje central ajardinado de horizonte difuso, o las moles de edificios que flanquean el mismo, sea la estatua de bronce que preside el lugar, o las banderas que lo institucionalizan… Sea lo que sea, hay algo que te hace sospechar que esa, y no otra, es la entrada principal. Así que, si nada de eso se descubre ante ti, esa, sin lugar a dudas, es una entrada secundaria.
Una vez aclarado el por qué de mi desconcierto en la definición de la entrada, continuemos con el análisis de la conversación.
Hay ciudades en las que es más fácil orientarse que en otras. Las hay que tienen claros referentes, como son mar y montaña en el caso de Barcelona, y otras que, asentadas en el medio de la nada, utilizan referentes universales: los llamados puntos cardinales. Pekín es una de ellas. Y si en una ciudad es fácil orientarse, esa es Pekín. Una ciudad de horizonte inabarcable en la llanura, y en la que contadas avenidas se desvían de los ejes norte-sur, este-oeste, lo pone difícil para perder el rumbo. Y por si el sol -o su borroso resplandor- no fueran suficientes, raro es el lugar en el que no se indique la dirección en la que uno está situado. Desde lo más básico, como son las grandes avenidas o las salidas de metro, hasta los pasillos de un hospital, pasando por las mesas de mahjong, todo en Pekín lleva las marcas de norte, sur, este y oeste. ¡Todo!
Pero continuemos. Lo de la verja corredera con militar a lado y lado, es algo así como no decir nada. Edificios gubernamentales, colegios, complejos de apartamentos, y cualquier otro recinto vallado disponen de la susodicha valla y sus correspondientes peleles destinados a la vigilancia del mismo.
¡Y qué decir de la valla azul! Si existe un “kit básico” en los lugares en construcción en Pekín, ese –y el amarillo de los cascos de los obreros- son los colores de referencia. Un azul ligeramente más cálido que el de la Alta Velocidad en España delimita pequeños solares o abraza infinitos recintos en incontables puntos de la ciudad. Y todos ellos tienen un denominador común: se encuentran en obras. Y como capital de un país en construcción, Pekín es una ciudad en obras.
Por último, la pasarela, sustituto impune del paso de cebra en la ciudad, elemento de incomodidad, y provocador de pereza y juramentos en hebreo. La pasarela en Pekín es un referente... ¡nulo! Parece como si el estatus de una calle y el número de pasarelas fueran en correspondencia, para evidente frustración del peatón.
Y el reloj… ¡Qué decir del reloj! El reloj es lo que debería de haber tenido yo a mano para haber evitado soltar semejante perorata. Mis disculpas.
martes, 29 de junio de 2010
De oca loca y foto porque me toca
lunes, 19 de abril de 2010
El cielo sobre Pekín
domingo, 11 de abril de 2010
A golpe de mazo


sábado, 20 de febrero de 2010
¡Bienvenida, locura! ¡Adelante, improvisación!
sábado, 13 de febrero de 2010
Bienvenidos a Pekin

No fue hasta llegar al andén del metro que pude llegar a comprenderlo. ¡No se trataba de un error, ni mucho menos! Esperando a diez grados bajo cero, capté la ironía del mensaje. Fueron esos minutos de espera los que me llevaron a concluir que, en cuanto el verano haga acto de presencia, el cartelito en cuestión será sustituido por el de “¡Frioleros Bienvenidos!”. No sin poca razón. No me cabe la menor duda. Solamente hay una cosa a la que sigo dando vueltas: ¿Les habrá comentado alguien que una coma entre “calurosos” y “bienvenidos” no estaría de más?
domingo, 29 de noviembre de 2009
A tientas
- ¿Ah si?, ¿y eso?
- Bueno, nuestro contador es el único que está parpadeando, y además los números que aparecen en los contadores de los vecinos son mucho más altos que los nuestros. Digo yo que algo tendrá que ver, ¿no?
- Ahhh… Pues sí, tiene pinta.
- Mañana bajaré a pagar.
- Bueno, o bajo yo.”
… y ahí quedó la cosa.
Dos días más tarde, en mitad de la cena con nuestro primer invitado en casa… ¡puf! Sin previo aviso, nos quedamos a oscuras. Y como ya es de noche y los bancos están cerrados, pues cenita a la luz de las velas y… mañana se verá.
Aunque no sea cuestión del día a día, cosas como estas ocurren en China. La luz, la de nuestra casa, se paga por adelantado. ¿Y por qué la luz, sí; y el gas y el agua, no? ¿Ah?... misterio…
Tres meses, cuatro hogares, cinco mudanzas, otra más de despacho, y ni una respuesta satisfactoria de chino alguno o extranjero. Y lo que es más, el que en nuestra casa el sistema de pago sea así no significa que sea así para todos. No creo andar muy desencaminada si afirmo que las posibles combinaciones son infinitas. Desde tener que pagar todo a posteriori, hasta que cada servicio (separando el agua caliente de la fría, para más inri) vaya asociado a una tarjeta de pago por adelantado, hay todo un abanico de posibilidades.
Y así es como, rodeada de niebla -literal y figurada-, se desarrolla mi día a día en China; envuelta en interrogantes de todo tipo.
jueves, 1 de octubre de 2009
60 aniversario, primer día festivo
Tumbada en la cama, mientras me debatía entre continuar con mis dulces sueños o dar comienzo a un nuevo día, el sonido de una marcha militar ha perturbado el silencio de mi mañana. Definitivamente era el momento de saltar de la cama.
Durante semanas, y con más intensidad en estos últimos días, la ciudad se ha ido preparando para el gran día. Banderas rojas han ido aflorando en las grandes avenidas, para ir haciéndose después incluso con los rincones más recónditos de los laberínticos hutongs. También farolillos de colores y alfombras florales han ido paulatinamente haciendo acto de presencia en la ciudad, del mismo modo que lo han hecho policías, militares, y medidas de control. Y hoy, por fin, es el gran día. O lo ha sido. No lo tengo muy claro.
Para los chinos el día de hoy parece haber sido un momento histórico; y es curioso cómo estando aquí, eres totalmente partícipe a su manera. Hoy se celebra el 60 aniversario de la República Popular China, y como buena residente en Pekín, a escasos metros del meollo del asunto, lo he celebrado desde casa; frente a la tele. No es que el comunismo me haya privado de mi innata curiosidad, no; sino que no estaba autorizada a ver el desfile en vivo y en directo. Ni yo ni los varios millones de pekineses que junto a mí pueblan la ciudad, por no hablar ya del resto de millones de chinos que con emoción contenida y orgullo no se habrán perdido detalle de la retransmisión oficial. Retransmisión anacrónica de un desfile anacrónico con tintes caricaturescos, dicho sea de paso. Aún no salgo de mi asombro de cómo en un mismo desfile han cabido el presidente Hu Jintao en un estatismo absoluto, las fuerzas militares en perfecta sincronización, ¡y carrozas de temática autocomplaciente y de vivos colores al más puro estilo fallero! Todo eso bajo el atento escrutinio de sexagenarios camaradas del partido, trajeados y con corbatas de tonos rojos, totalmente acordes con la temática del día.
Minutos después de terminar el desfile he vuelto a la cocina y he mirado por la misma ventana de antes. Han sido los minutos necesarios para dar tiempo a la gente a retomar sus vidas y salir a la calle. Las pistas de tenis de la universidad de Tsinghua también vuelven a estar abiertas al público. El sonido de los coches y el rechinar de las bicis vuelven a inundar las calles. Quizá el metro y el aeropuerto hayan retomado también su actividad, y la ciudad haya salido del bloqueo en el que ha estado inmersa estos últimos días.
¿Hacía falta semejante despliegue de medios para que los chinos vivieran “su primer domingo”? Sea como fuere, no creo que este hecho haya tenido la menor relevancia para ellos, pero para mí ha sido el silencio y no otra cosa lo más significativo del día de hoy.
martes, 22 de septiembre de 2009
Flamenquillo fusión
Opción A: Se trata de una señal de enfado en plena discusión por los precios del alquiler.
Opción B: Están echando a suertes quién baja por las escaleras y quién por el ascensor.
Opción C: Ninguna de las anteriores.
Efectivamente, para los menos avispados, ninguna de las anteriores es la opción correcta.
En China, o mejor dicho, en Pekín, ya que no tengo certeza de que esta broma de mal gusto haya sido extendida por todo el territorio, no se estilan los sensores de movimiento para el encendido automático de luces. En su lugar existen ¡sensores de sonido! ¡Sí señor! El golpe de la puerta de entrada al portal al cerrarse te evita el primer zapatazo, pero no hay elemento natural o sobrenatural que evite los subsiguientes en la subida por las escaleras. Cada rellano requiere un nuevo pisotón. Algunos, incluso varios, ya que parece que no siempre están finos de oído los sensores en cuestión. Cada llegada en la noche a casa se convierte así en una nueva melodía, variando tiempos y tonos según la complexión del intérprete, su conocimiento de la escalera, y el piso al que se dirija.
Sin duda, en cuanto pertenezca definitivamente a una comunidad, propondré a mis vecinos el ir apuntando en partituras las interpretaciones individuales de cada noche, y ponerlas en común cada cierto tiempo para interpretar los zapateaos del portal 4. Ya me estoy imaginando el tablao flamenco en medio del xiaoqu con el evento anunciado a los cuatro vientos: ¡concurso anual de zapateaos! Estoy segura de que con la suficiente práctica, nos haríamos con el triunfo a nivel del distrito de Dongcheng, o del que fuera.


