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lunes, 24 de noviembre de 2008

Un punto de reinicio como otro cualquiera

Muchas cosas han pasado desde la última palabra que escribí sobre mis asuntos inolvidables. Tantas que ni sé por dónde empezar, ni qué comentar. Es lo mismo que me ocurrió a la vuelta del viaje a Pekín. Taaaaanto sobre lo que escribir... Y al final me quedé sin palabras.
Y siendo así, hoy no voy a escribir sobre lo más importante, ni lo más sorprendente, ni quizá sobre lo más interesante de estos meses pasados; pero sí sobre lo último que me ha hecho arquear las cejar y esbozar una sonrisa. Porque cuando ya creía que nuestro universo había quedado reducido a una extraña selva de cocodrilos, topos, elefantes y orangutanes, aparecieron en el horizonte dos nuevos personajes que venían a traer un soplo de aire fresco al panorama musical familiar. Y tan novedoso sonó a mis oídos, y tan calmante resultó su efecto que no puedo por menos que compartir con todos vosotros una enternecedora cancioncilla que hace las delicias de quien se para a escucharla.
Con todos ustedes...

Había un gato grande
que hacía ron ron
muy acurrucado
en su almohadón.
Cerraba los ojos,
se hacía el dormido...
y movía el rabo
con aire aburrido.

Había un ratoncito
chiquito chiquito
que asomaba el morro
por un agujerito;
desaparecía
y volvía a asomarse,
y daba un gritito
¡"ii iii iiii"!

Salió de su escondite
corrió por la alfombra;
¡qué miedo tenía
hasta de su sombra!
Pero al dar la vuelta
se oyó un gran estruendo...
¡Vió unos ojos grandes
de un gato tremendo!

Notó un gran zarpazo
sobre su rabito
y salió corriendo
todo asustadito.
Y aquí acaba este cuento
de un ratoncito
que asomaba el morro
por un agujerito.

Me pondría a desglosar por notas para que pudiérais disfrutar de la melodía, pero resultaría un esfuerzo inútil, así que... ¡adelante, imaginación!
Y con este inesperado documento retomo por enésima vez mis "almost forgotten unforgettable things".

jueves, 31 de julio de 2008

It's a small world after all

El otro día, viendo un documental, descubrí como en lugares recónditos del Tíbet cocinan la carne metiéndola en el estómago limpio de una oveja junto con algo de condimento y unas piedras candentes hasta que está completamente cocida. ¡Impresionante la astucia del ser humano ante la falta de recursos! No solo me pareció precioso por lo simple y práctico del asunto, sino que además… ¡vaya pinta la carne en cuestión! Poco importó que fuera mi hora del desayuno para que las imágenes despertaran en mí unas ganas locas de comer carne a la brasa.

Hoy, en mi paseo por blogs y demás para dar con pistas interesantes sobre Escocia, descubro el “haggis”, uno de los platos más típicos de la cocina de ese país y cuyo “recipiente básico” es ni más ni menos que un estómago de oveja. Parece ser que en el fondo sí que existe esa lógica compartida entre oriente y occidente.

¡Tan lejos, y a la vez, tan cerca!

Ahora bien… Como ocurre con casi todos los increíbles descubrimientos de la humanidad, estoy segura de que los romanos ya sabían del asunto, aunque dejaré las investigaciones al respecto para otro momento. ^^