jueves, 27 de octubre de 2011

Olores que hablan

Olor a papel quemado, a madera fresca, a tierra recién escarbada, y a carbón cuando los demás olores se desvanecen. Este último ha sido el primer olor al abrir la ventana esta mañana, y el que me ha acompañado antes de encerrarme en casa por la tarde.
Salgo del metro y camino con rapidez hacia casa. El aire en días como hoy se hace irrespirable, y aún así alcanzo a distinguir olores que hacen de esos cinco minutos un paseo por los sentidos, y un limitado resumen costumbrista de la ciudad en la que vivo.
Alguien realiza una ofrenda a un lado de la calle, posiblemente a algún ancestro, o no tan ancestro: papel quemado.
Hace no más de dos semanas que una pequeña casa se encuentra en construcción en el hutong entre Wudaoying y Yongkang. Los marcos de la puerta y la ventana ya están montados pero aún sin pintar: madera fresca.
Cuando el invierno acecha, la ciudad se deshace de su verdor. Sin esperar a que las temperaturas acaben con la vida de cuanto puebla los parterres, los arbustos se cubren, y el césped se desplanta: tierra recién escarbada.
Como he dicho, el otoño ha pasado a mejor vida y el calor se hace querer: carbón.

viernes, 7 de octubre de 2011

S(i)ngwangshimni: Oda al desastre

Laberintos; metalurgia; tiendas-casa; cables; sonidos; luces; olores; palabras; colores. Todo define un lugar. Todo marca la memoria; pero la memoria es frágil. Un día cualquiera te vienen a la mente recuerdos de un lugar que nunca podrás volver a experimentar. Lugar es tiempo y es espacio; y estos nunca vuelven a reunirse. El tiempo es imposible de recuperar. Y el lugar… ¡qué decir del lugar! En algunos casos también es irrecuperable. Y se siente como si un pedacito de ti ya no existiera. Al contrario que Peter Pan, yo espero crecer. Y espero hacerlo para ayudar a evitar que los desastres de la construcción continúen impunes su camino.

Volver a casa y no encontrarla es doloroso.


domingo, 1 de mayo de 2011

Cristina… Chūnlán… Gé Lì

Cuando tienes nombre de aire acondicionado, cualquier encuentro casual deriva en situación cómica en menos tiempo del esperado.

Para los que aún no me conocéis, para los que acabáis de hacerlo, o para los que me habéis conocido antes de mi paso por BeiDa, me llamo Cristina, o Chūnlán (春兰), como os resulte más fácil. Probablemente, la barrera idiomática y cultural hará que los dos primeros grupos os quedéis indiferentes, o como mucho, intrigados. Al tercero, el de aquellos que me apreciáis lo suficiente como para estar leyendo esto, quizá os parezca que me he vuelto idiota. Pero aún habrá un cuarto grupo de personas que, con el suficiente conocimiento de China, o incluso de manera más genérica, de Asia, tome con total naturalidad mi dualidad onomástica.

No hace ni medio año que interrogaba a Fenghua, mi compañera de trabajo, sobre cuándo había adoptado el nombre de Joyce, y lo que es aún más importante, sobre cuánto tiempo había tardado en sentirse identificada con él. Ante su respuesta -cinco meses- mi gesto se tornó en estupefacción.

Pero si hoy me encuentro aquí, explicando esta historia, es porque parece ser que con sigilo, y sin dejar de ser Cristina, Chūnlán se ha hecho su huequito en mí. Y ya tiene mérito el asunto, considerando las improvisadas circunstancias en las que fui bautizada.
1 de Septiembre de 2010, día de matrícula en BeiDa, lo que yo conocía hasta el momento como Peking University, o PKU en su defecto. Edificio Shaoyuan 2. Carpeta en mano con todos los documentos necesarios para formalizar mi inscripción: pasaporte, carta de admisión, formulario jw 202 original, seis fotos de tamaño carné, contrato de seguro de vida, certificado de registro de alojamiento en China, y examen médico de la cabeza a los pies incluyendo placa torácica. Quién me iba a decir a mí que con semejante preparación me estaba dejando lo más importante: ¡mi nombre chino! Y como no tenía uno, y la inscripción no parecía ser posible sin él, la responsabilidad recayó sobre la persona que se estaba encargando de mi papeleo que, entre risas mías y prisas suyas, me designó como “orquídea de primavera”.

La Cymbidium goeringii es una orquídea pequeña, epífita o litófita, que prefiere un clima fresco a frío. Originaria de la región del Himalaya, ha sido la especie favorita de la cultura china durante siglos. Debió de ser por ello por lo que en 1985, al adquirir una empresa con intención de expandirla hacia el mercado del aire acondicionado, Tao Jianxing decidió concederle los honores de dotarla con el simbolismo que Chūnlán connota. Ni que decir tiene que yo no fui informada de esta última parte en mi apresurado nombramiento. Hoy creo comprender que las risas que me provocó lo absurdo de la situación debieron antojársele a mi bautista cual soplo de aire fresco, y de ahí mi nombre.

En estos meses, Chūnlán ha suscitado todo tipo de reacciones, comenzando en general por lo altisonante o anticuado del nombre, para acabar con el aire acondicionado. Pero hace solo un par de días, en mi primer encuentro con el dueño de un café recién abierto, algo nuevo e inesperado. ¿Qué te llamas Chunlan? ¡Pues nuestro aire acondicionado es de marca Gé Lì! Quizá yo te pueda llamar así… jajaja…

Una semana después, y tras tres visitas al citado café, puedo decir que no sólo he adoptado nombre chino, sino que ya, ¡incluso apodo!


domingo, 10 de abril de 2011

NATURALEZA CHINA

Cual si de la última salida del sol sobre la faz de la tierra se tratara, los nervios empiezan a aflorar tan pronto el cielo muestra sus primeros signos de clareo. 往前走! 往前走! 往回走! 往回走! – wǎngqián zǒu!, wǎngqián zǒu!, wǎnghuí zǒu!, wǎnghuí zǒu!-, o lo que es lo mismo “¡hacia adelante!, ¡hacia adelante!, ¡hacia atrás!, ¡hacia atrás! Me encuentro inmovilizada en el medio de una multitud que, entre gritos y al borde de la histeria, no consigue moverse en ninguna dirección. La palabra “multitud” acaba de adquirir un nuevo significado en mi vocabulario, y nada de lo anteriormente vivido se acerca mínimamente a ello; ni los conciertos masivos del Palau Sant Jordi, ni la cola del telesilla de Pastores en nuestras últimas subidas a Astún, ni siquiera el trasbordo de Jianguomen en hora punta en Pekín rozan la nueva dimensión de la palabra. Si esto no fuera ya de por sí inimaginable, la situación toma tintes surrealistas siendo que son las 4:40 de la mañana y me encuentro a 1545 metros de altura, sobre la cumbre del Emperador de Jade, en el Monte Taishan - 泰山-, tras un ascenso de casi 7000 escalones. Hace unos días, Laurie Burkitt, en un artículo para el Wall Street Journal - http://blogs.wsj.com/chinarealtime/2011/03/31/study-prepare-for-the-arrival-of-chinese-tourists/-, describía con números y determinados hechos cómo el mundo occidental no está preparado para recibir al turismo chino. Pues bien, tras esta experiencia no podría estar más de acuerdo con ella. La excursión comienza entre puestos de souvenirs y comida, que nos acompañan hasta bien avanzado el ascenso. A esas alturas, nuestros compañeros de travesía ya van equipados con el kit al completo, consistente en tres elementos de absoluta indispensabilidad: bastón, sombrero de cowboy, e incienso. Escenas dignas de ser montadas en un corto se suceden ante nuestra mirada, mientras vamos trazando el guión en nuestra cabeza. A mano izquierda, unas mesitas y taburetes parecen esperar el rodaje de un anuncio de fideos instantáneos o de cerveza. Una chica que pocos escalones atrás ha dicho “hello” para sus adentros a mi paso por delante de ella, hace un esfuerzo y se pone a mi altura, mirándome con orgullo al tiempo que yo sonrío. Un chico cargando con su novia cual saco de patatas nos adelanta entre resoplidos. Se me acerca un grupo de quinceañeras que, entre risas, me pide una foto con ellas. Cuando el sol ya está en las últimas, y parece que nos acercamos al final, se descubre ante nosotras una locura de puestos de comida y gente, y tras la 門天中 -puerta de medio camino al cielo- se deja ver la mitad de escalinata que aún nos queda por subir. Esta, por supuesto, la subiremos a tientas junto con los otros miles de chinos que han tenido la misma idea que nosotras en este puente de 清明节 -qīngmíngjié, o día de Todos los Santos-. Ya de noche, el frío es intenso, y la preparación de la montaña a la recepción de turistas queda patente. Cada pocos metros, donde antes se vendían tonterías, ahora se ofrecen abrigos militares a 20 kuais. Resultado: quien no ha venido preparado, es decir, el 90% de la gente, se hace con uno de ellos. Por fin, acompañadas de lo que se asemeja a una marcha de refugiados, pasadas las diez de la noche y tras casi seis horas de excursión, cruzamos el umbral de la puerta sur del cielo -門天南-. La visión resulta dantesca. “Militares” se hacinan a la intemperie en cada rincón, usando paraguas y calor humano para resguardarse del frío. Otros montan tiendas de campaña en espacios reservados para ellas, de cuyo alquiler se lucran unos pocos. Nos ofrecen una habitación al módico precio de ¡800 kuais! El negocio está montado. Dada mi irremediable condición de extranjera, Lina es la encargada de encontrar alojamiento para nosotras. Nos decidimos por la opción más acogedora entre las posibles. De nuevo, surrealismo en estado puro: una tienda de campaña dentro de un edificio de dos plantas; la número trece. Las diez y media y ya en el saco. Luces encendidas. Ronquidos insalvables. Griterío de fondo. Frío y humedad. La noche no será agradable. Cuando parece que por fin había caído en un sueño profundo… 走吧! 走吧! 走吧! 走吧! - zǒu bā! zǒu bā! zǒu bā! zǒu bā!-, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga!, ¡venga! Y así, a gritos de megáfono, es como me descubro fuera de la cama, entre hordas de chinos, bajo el cielo aún a oscuras, y de regreso al inicio de mi relato.







miércoles, 6 de octubre de 2010

Horas muertas

Mi pequeña cámara me ha traicionado. Acariciando el desierto, allá donde Mongolia Interior se pierde en llanuras inabarcables, le ha entrado el frío y se ha echado a temblar. Así es como me encuentro de nuevo en Yinchuan, ciudad que está lejos de merecer semejante calificativo, haciendo tiempo para coger el tren de regreso a casa.

De la espera en cualquier estación de tren china podría escribirse una tesis. Claro que, por el momento, mi supuesta tesis es todo preguntas, y casi ninguna respuesta. ¿Qué son todas esas cosas con las que acarrean los chinos de acá para allá? Si en los viajes diarios en metro abundan las híper resistentes bolsas de capacidad intransportable, en largos recorridos se suman a ellas cajas sujetas con cintas de colores, maletas de diversos tamaños, bolsas de plástico mal atadas rebosantes de comida, y lo que en mayor medida despierta mi curiosidad: ¡cubos!

Podría pasarme horas observando a la gente. Corrijo. No me queda otra que pasarme horas observando a la gente. No son ni las once. El tren a Pekín sale a las 00:43.

Una chica sale del lavabo secándose la cara con una toalla. Por mi derecha, sonrisa de oreja a oreja, se aproxima un señor que se sienta a mi izquierda. Sin parecer conocer los detalles de la palabra "privacidad", mete las narices entre mi cara y el cuaderno en el que escribo, intentando descubrir qué es lo que me mantiene tan ocupada. En frente un señor toquetea su móvil con la mano derecha al tiempo que la izquierda hace lo suyo con su nariz. Desafiando las leyes de la lógica, una chica se dirige al baño secándose la cara. El señor que se había sentado a mi lado, en respuesta al poco interés que muestro por él, se dirige al niño que tiene a su espalda. Este, viendo peligrar su momento musical privado, hace caso omiso de su intensa mirada.
Tengo ganas de ir al baño, pero el olor furibundo que de él emana me disuade. Por lo pronto, y para no ser víctima de una intoxicación putrefacta, cambio de asiento.

Hay quienes dormitan apoyados de medio lado sobre el asiento; los hay que aprovechan el cariño de su pareja para descansar sobre ellos; otros buscan confort en su propio equipaje para pasar las horas muertas; los que han llegado con tiempo se tienden largos sin vergüenza alguna ocupando hasta cinco asientos. Los menos afortunados, como el hombre que tengo enfrente, se acurrucan intentando apañarse con dos asientos. En cualquier caso, se trata de un hombre pequeño; diminuto más bien. Sonrisa en cara, y con un tomate que deja al descubierto dos de los dedos de su pie izquierdo, su gorro me dice que pertenece a la etnia Hui. Curioso caso el de estos Hui, de aspecto chino, ojos embaucadores de perfilado negro tizón, y costumbres centro-asiáticas. Como ocurre en otros lugares de China, son minoría en su propia tierra, aunque cualquier rótulo -escrito en chino, mongol, y árabe- parezca indicar lo contrario.
Entre tanto, a mis espaldas, un corrillo de mujeres ha dado comienzo a una sesión de baile. Como no podía ser menos, a voz en grito, un hombre se abre paso entre la gente, sin alterar en gran medida el orden preexistente.

De nuevo un olor. Esta vez no resulta desagradable, pero sí fuera de lugar. La pareja que se acaba de sentar a mi derecha se está dando un banquete de carne fría. A estas horas, mi sentido del olfato no logra distinguir de qué se trata exactamente. Tengo que admitir que me está entrando el sueño. Ya sólo queda una hora de espera.



(Entretenimiento transcrito del cuaderno de viajes que me trajo "la Helen" de su viaje a NY en 2008.)

domingo, 5 de septiembre de 2010

Introducción al retorno

Lo confirmo. Soy charlatana por naturaleza. Pensaba escribir un mail común explicándoos de la experiencia familiar del viaje por China, pero resumir no se me da bien. Es más, se me da fatal. Mis mails más cortos tienen una media de tres párrafos; por no hablar de cuando me pongo a incluir fotos en ellos. Y ante la perspectiva de ponerme a escribir algo con lo que quizá pueda eternizarme, y lo que es peor, matar de aburrimiento a más de uno, he decidido retornar a mi recurrente blog. Tampoco puedo prometer que en él vaya a conseguir reflejar todo lo que me gustaría de las pasadas vacaciones. Otro de mis grandes defectos es que me voy por las ramas; así que casi con toda seguridad os digo que no os enteraréis de nada del viaje en sí, pero por intentarlo, que no quede.

La hora de la arenga


- ¡Hola! Quiero siete billetes en cama blanda, de Shanghái a Pekín para el día 22 de Agosto.
- ksadhfvrygbccmvbd
- ¿Cómo que no? ¿No quedan?
- jhfier3bmwdpkcmscn
- Pero si sí que quedan, ¿por qué no puedo comprarlos?
- kewurhfnxsncskdnv
- ¿?

Un mes después, y tras descubrir que los billetes de tren en China se ponen a la venta con solo diez días de antelación respecto de la fecha del viaje, empieza la mañana del 12 de Agosto en Guilin, provincia de Guangxi, y ciudad de poco encanto donde las haya.

Blanca intenta coger un taxi que nos lleve a la estación de tren, mientras yo intento aclararme con la persona que en una hora nos pasará a buscar para llevarnos al campo. Tras conseguir llegar allá, y después de una agonizante espera en una cola de avance relativamente ágil, nos plantamos frente a la ventanilla número seis. Y cuando al fin nos encontramos en mitad de la "negociación" de los dichosos billetes... "¡Ups! Lo siento. Esperen un momento."

Parece ser que da igual el tipo de trabajo del que se trate. Haya cliente de por medio o no, a la hora de la "formación", ¡a formar se ha dicho! Bancos, peluquerías, restaurantes, tiendas, y cualquier otro establecimiento con un pequeño grupo de trabajadores ofrecen al visitante un curioso espectáculo diario. En formación y con el jefecillo a la cabeza, "la hora de la arenga" tiene lugar a lo largo y ancho del país, llenando las ciudades de sonidos repetitivos y de difícil comprensión.